8 cosas absurdas en las que las personas de la Edad Media creían seriamente…

0
370

A lo largo de la Edad Media precientífica, el mundo era tan fascinante como aterrador. En ausencia de un conocimiento adecuado, las personas no tenían más remedio que recurrir a su propia imaginación (además de la realidad impuesta por la Iglesia) para dar algo de sentido a la miríada de fenómenos naturales que apreciaban a sus alrededores. ¿El resultado? Básicamente, un mundo donde todo parecía mágico, un lugar lleno de ángeles y demonios, hadas y duendes, elfos, gnomos y brujas, entre otras muchas locuras. No te pierdas una pequeña lista donde nos adentraremos en la mente medieval y sus creencias como un medio para tratar de explicar el mundo…

1. Personas diminutas dentro de los espermatozoides

El preformacionismo fue una teoría muy popular en los siglos XVII y XVIII. Permitía a las personas creer en un “mundo de relojería”, donde había seres diminutos corriendo en el interior de los espermas. Esos, a su vez, también portaban otras dentro de sus propios espermatozoides, etc. Aunque parezca ridículo, se consideró la teoría más fríamente racional de su tiempo. La gente abrazó la idea de un universo mecánico, y la epigénesis se interpuso en su camino. Ésta sostuvo que ni el esperma ni el óvulo eran humanos ni estaban vivos independientemente, pero de alguna manera, durante el embarazo, adquirió una “esencia vital” que nadie podía definir o precisar. El preformacionismo sostenía simplemente que las copias existentes se ampliaban en las circunstancias correctas.

2. El demonio Titivillus

Cuando aparece el nombre de Titivillus, suele mencionarse a menudo con el título algo fantasioso de “El patrón de los escribas”. Durante gran parte de la Edad Media, la imprenta mecánica no existía, por lo que cualquier copia de un libro o documento debía realizarse a mano. Tales copias siempre eran hechas por escribas profesionales, que a menudo eran monjes, en el Scriptorium de sus monasterios. Excepto por el más corto de los documentos, el trabajo era realmente laborioso. De hecho, el texto debía dibujarse con cuidado y ser fiel al original. ¡Imagina tener que copiar una Biblia o un Misal! Como era de suponer, los monjes cometían numerosos errores, y como a nadie le gustaba atribuirse el mérito, los escribas se inventaron a Titivillus, un demonio al que culpaban de todos estos fallos de escritura. Éste vagaba por la tierra todos los días recopilando errores hasta que llenaba su saco; luego se lo llevaba al diablo y, acto seguido, cada fallo se ingresaba en un libro contra el nombre del monje que lo había cometido. Curioso, ¿verdad?

3. La persona por un lado; su corazón por otro

Se trata de una práctica muy antigua, pero muy popular entre las personas que podían permitírselo. Resulta que, en la Edad Media, como la gente fallecía más a menudo, transportar el cuerpo no era una tarea para nada sencilla. Sin embargo, los más acaudalados pedían ser enterrados en un sitio concreto, por lo que había que darle una solución a ese problema. Debido a la especial reverencia mostrada por hacia el corazón por su asociación con el alma, afectos, coraje y conciencia, decidían extraérselo a las personas para enterrarlo en un lugar determinado. Hubo muchos casos en los que se llevó a cabo, como en los entierros de Ricardo I, Ana Bolena o Frédéric Chopin.

4. Los animales eran citados a la corte

¿Los cuervos han destrozado tus cultivos? ¿Un cerdo ha maldecido a tu hijo? ¿Te mueres de ganas por vengarte? Bueno, resulta que en la Europa de la Edad Media, las personas podían llevar a un animal a los tribunales, donde podían enfrentar condenas que iban desde la horrible mutilación hasta la excomunión. En otras palabras, la mayoría de los animales grandes fueron juzgados para cubrir asesinatos, y generalmente eran ejecutados y exiliados, mientras que las plagas más pequeñas y delincuentes solían ser excomulgados o denunciados por un tribunal de la iglesia. En 1480, el cardenal obispo de Autun, Francia, falló en contra de algunas babosas que estaban arruinando las tierras de su jurisdicción. Ordenó tres días de procesiones diarias en las que se les ordenaba a las babosas que abandonaran la zona o serían maldecidas.

5. Coles de Bruselas y seres malignos

En algunos países se sigue haciendo una cruz en las coles de Bruselas con la premisa de que así se cocinarán más rápido. Sin embargo, su origen viene de otra parte. Resulta ser una superstición de la época medieval, cuando se creía que los espíritus malignos o demonios pequeños se escondían entre las hojas de las lechugas, coles y repollo. Éstos podían entrar en cualquier persona que las comiera, enfermar y darles un dolor de estómago intenso. Por lo tanto, antes de cocinar alguna, se hacía una pequeña cruz en cada brote, para así expulsar a los seres malhechores de sus hojas.

6. Algunas criaturas podían nacer por sí solas

Por increíble que parezca, durante la Edad Media, los conocimientos sobre biología y el funcionamiento de la fauna y flora eran realmente escasos, por lo que se creía firmemente que tanto el moho e insectos como los gusanos podían nacer repentinamente de los desechos, polvo o suciedad gracias a fuerzas malévolas. Pero eso no es todo, por otros animales, tanto ratas como ratones, también contaban con el privilegio de crecer a su antojo a partir de estos remanentes. No cabe duda de que no eran precisamente unos iluminados.

7. Las abejas eran consideradas aves

De acuerdo al bestiario medieval, las abejas eran las aves más pequeñas que existían; nacían de los cuerpos de los bueyes, o de la carne descompuesta de terneros sacrificados. También se pensaba que los gusanos se formaban en la carne para luego transformarse en abejas. Para ellos, eran criaturas que vivían en comunidad, elegían a las más nobles como reinas, tenían guerras y hacían miel. Al parecer, sus leyes se basaban en la costumbre, pero las infractoras se castigaban a sí mismas por la sensación de culpa, picándose hasta morir.

8. Los castores eran considerados peces

Esto es bastante curioso porque, por alguna razón, los castores eran considerados peces que vivían en estanques y otras masas de agua pequeñas. Era un animal seriamente cazado por sus testículos, pues eran muy valiosos para la medicina. Cuando el castor sabía que no podía escapar de su cazador, se mordía los testículos y los entregaba gustosamente a éste, quien feliz debaja de perseguirlo. Y si otro cazador decidía seguir tras él, el castor debía mostrarle que ya había perdido sus testículos para poder salvarse. Vivir en aquellos tiempo debía ser toda una aventura, sin duda.

9. BONUS: Algunos mitos sobre las mujeres de la Edad Media

Fuente : PARA LOS CURISOS

</a